Cuando todos los caminos conducen al mismo diagnóstico
Si algo quedó claro en las jornadas de intercambio de puntos de vista es que existe una línea base ampliamente compartida respecto a los desafíos que enfrenta el sector textil y de la moda.
Aunque los contextos nacionales son distintos, los problemas que aparecen una y otra vez son sorprendentemente similares: sobreproducción, sobreconsumo, generación creciente de residuos textiles, falta de infraestructura para su gestión, baja trazabilidad de los materiales y brechas regulatorias que dificultan acelerar la transición circular.
Particularmente relevante resulta el reconocimiento cada vez más explícito de la sobreproducción como uno de los principales desafíos del sistema, ya que si bien el debate suele concentrarse en qué hacer con los residuos una vez generados, resulta imposible ignorar que esos residuos son consecuencia de un modelo que durante décadas ha producido más ropa de la que el mercado realmente necesita o puede absorber.
Desde esta perspectiva, la economía circular no puede limitarse únicamente a mejorar la gestión del final de vida de las prendas, también obliga a preguntarse cómo producir menos, mejor y de manera más alineada con las necesidades reales de las personas y los territorios.
El rol de las reglas del juego y la colaboración
Si algo quedó particularmente instalado durante las conversaciones fue que la economía circular difícilmente alcanzará escala únicamente a partir de la buena voluntad de los actores.
La regulación apareció reiteradamente como una herramienta capaz de generar certezas, crear mercados e incentivar inversiones. En ese contexto, la Responsabilidad Extendida del Productor (REP) fue presentada por distintos expositores como una de las principales palancas de transformación disponibles hoy. Si bien no es la panacea se constituye en una especie de "abre puertas" a las transformaciones.
Desde Chile, se recordó que la REP tiene la capacidad de crear mercados y que la eco-modulación ya está demostrando resultados en distintos lugares del mundo. Mientras tanto, desde Colombia, Uruguay, California y la Unión Europea se compartieron experiencias que muestran cómo las regulaciones pueden impulsar el ecodiseño, la reparación, la reutilización y la valorización de materiales.
La lógica es relativamente simple: cuando existen reglas claras, plazos conocidos y señales estables, la inversión deja de ser una apuesta incierta y comienza a transformarse en una posibilidad real.
El propio Banco Mundial identificó la falta de viabilidad financiera y la incertidumbre regulatoria como algunas de las principales barreras para el desarrollo de proyectos circulares en la región.
Pero la regulación, por sí sola, tampoco parece suficiente. Uno de los mensajes más repetidos durante las jornadas fue la necesidad de colaboración entre gobiernos, empresas, recicladores de base, academia, emprendedores, gestores de residuos y organizaciones sociales, quienes son piezas de un mismo rompecabezas.
La necesidad de armonizar criterios, compartir datos, construir estándares comunes, desarrollar infraestructura compartida y reducir las brechas de gobernanza fue mencionada en múltiples espacios. No obstante, detrás de cada una de esas acciones, se suele relegar en la conversación técnica a las personas que permiten que los materiales circulen.
En ese sentido, resultó especialmente relevante observar cómo distintas experiencias pusieron el foco en quienes históricamente han sostenido partes fundamentales de este sistema. Desde las trabajadoras y trabajadores que confeccionan nuestra ropa hasta los recicladores de base que durante décadas han gestionado aquello que nadie quería hacerse cargo.
Particularmente estos últimos ocupan un lugar que merece mayor reconocimiento. Mientras gran parte de la industria recién comienza a hablar de circularidad, ellos llevan años responsabilizándose de la "bolsa negra" de textiles que sale de nuestros hogares, recuperando valor donde otros solo ven residuos y construyendo, muchas veces desde la informalidad y con escaso reconocimiento, una infraestructura humana indispensable para cualquier transición circular.
En esa línea, quizás una de las lecciones más importantes de la cumbre es que no existe economía circular sin justicia social. No basta con diseñar mejores productos o desarrollar nuevas tecnologías si quienes sostienen la cadena continúan siendo invisibilizados.
Por lo mismo, al final, la circularidad no se construye únicamente con materiales que circulan mejor, se requiere de personas que son reconocidas, valoradas e incorporadas como protagonistas de la transformación.
Una voz latinoamericana para negociar el futuro
Otro elemento que apareció de manera recurrente durante la cumbre fue la necesidad de armonizar criterios entre países. Se habló de estándares comunes para el diseño, sistemas interoperables de trazabilidad, metodologías compartidas de medición, programas conjuntos de investigación y mecanismos de transferencia tecnológica.Pero detrás de esas discusiones técnicas existe una pregunta política mucho más profunda, ¿puede Latinoamérica enfrentar los desafíos textiles actuando únicamente como una suma de países individuales? La respuesta parece ser cada vez más compleja sobre todo cuando se observa el movimiento transfronterizo de ropa usada y residuos textiles.
Durante distintas sesiones se abordaron las dificultades para clasificarlos correctamente, las diferencias regulatorias entre países y la ausencia de definiciones comunes sobre cuándo una prenda deja de ser un producto y pasa a convertirse en un residuo.
Estas brechas generan incertidumbre, dificultan la trazabilidad y abren espacios para prácticas que terminan trasladando costos ambientales desde los países consumidores hacia territorios que muchas veces cuentan con menos infraestructura para gestionarlos.
La discusión sobre la ropa usada es probablemente uno de los mejores ejemplos. Porque defender la reutilización es fundamental, pero eso no implica aceptar sistemas donde materiales mal clasificados, de baja calidad o sin trazabilidad terminen ingresando a la región bajo categorías ambiguas.
Si Europa ha logrado avanzar en ciertos ámbitos a partir de marcos comunes, Latinoamérica necesita comenzar a preguntarse qué aspectos requieren una posición regional compartida. No para replicar modelos ajenos, sino precisamente para defender una mirada propia.
Una voz latinoamericana coordinada tendría mayor capacidad para negociar estándares internacionales, exigir mejores mecanismos de clasificación en origen, impulsar sistemas de trazabilidad compatibles y evitar que la región continúe absorbiendo externalidades negativas generadas en otros mercados. Desde esa perspectiva, es necesario preguntarse quién asume los costos cuando estos ciclos se rompen. 
El desafío más difícil: construir una cultura circular
A partir de lo anterior, hubo una idea que me quedó dando vueltas una vez terminadas las sesiones, ¿qué ocurre si logramos regulación, infraestructura, financiamiento y colaboración, pero las personas siguen deseando exactamente lo mismo?Ahí aparece un desafío menos visible, pero probablemente igual de importante: la construcción de una cultura circular.
Durante la cumbre varios expositores (me incluyo) hicieron referencia a la necesidad de fortalecer la percepción de valor de los modelos circulares, de comunicar mejor sus beneficios y de comprender más profundamente el comportamiento humano.
La reflexión es relevante porque la industria lineal no se expandió únicamente gracias a fábricas, cadenas logísticas o acuerdos comerciales, sino también debido a relatos aspiracionales extraordinariamente efectivos. Durante décadas logró asociar la novedad con el éxito, la compra con la recompensa y la acumulación con la construcción de identidad.
La circularidad necesita desarrollar narrativas igual de poderosas. No basta con decir que algo es mejor para el planeta. Tampoco parece suficiente apelar únicamente a la culpa o a la responsabilidad individual a través de discursos moralizantes. Si los modelos circulares quieren crecer, necesitan convertirse en alternativas deseables, aspiracionales y culturalmente atractivas.
En otras palabras, necesitan ser sexys.
Lo que viene después del consenso
Quizás la principal conclusión de estas jornadas es que ya no estamos discutiendo si la industria textil necesita transformarse. Ese consenso parece estar bastante instalado. El desafío ahora consiste en generar las condiciones para que esa transformación ocurra a la velocidad y escala necesarias.La regulación puede crear incentivos, la colaboración puede construir capacidades, y la inversión puede desarrollar infraestructura, pero será la cultura la que determine si esos cambios logran arraigarse en la vida cotidiana de las personas.
Porque al final, la economía circular no compite únicamente contra un modelo productivo, lo hace igualmente contra una forma de imaginar el vestir, el deseo y el consumo que llevamos décadas aprendiendo. Y quizás esa sea la conversación más importante que recién estamos comenzando a tener.


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